Querido
Lamento que tengas que leer las siguientes líneas pero ya no puedo más
con el peso de esta desdicha, y no tengo el valor de decírtelo de frente. Por un
tiempo fue maravilloso estar contigo, pero después las cosas comenzaron a cambiar.
Te volviste una persona fría, abyecta y desconsiderada. Hice todo cuanto estuvo
a mi alcance, aguanté hasta que no soporté, intenté comprenderte pero me fue
imposible, te juro que te amé y con muchísima intensidad, pero ese amor se desgasto.
Quisiera que me recordaras como yo no puedo hacerlo contigo: con amor. Me apena
ser tan dura pero ya no puedo callarme. Estos últimos años he abrigado
resentimientos en contra tuya, y como las semillas que germinan, creció hasta
convertirse en odio…
No puedo seguir leyendo. Mi vista
se nubla. Los latidos del corazón se agolpan en mi cabeza. Estoy muy aturdido y
me siento mareado. Trato de controlarme para seguir leyendo, pero es inútil. La
boca se me seca y percibo un sabor a hierro. Las lágrimas caen de mis ojos como
lluvia sobre el papel.
Logro sobreponerme y me pongo de pie. Solo atino en dar vueltas por
la habitación. Trato de encontrarle sentido a lo que acaba de pasar. Sé que las
cosas iban mal, pero nunca pensé que
tanto. Como pude ser tan ciego de sus sentimientos. Veo de nuevo la carta y continúo leyendo:
…de verdad me duele
hacer esto pero no te mereces otra cosa. Espero que el paso del tiempo y la
dura soledad que enfrentaras te ayuden a volver a ser humano…
Dejo de leer. No tengo las agallas para terminarla. Arrugo la
hoja, le prendo fuego, y veo como se consume su última carta. Trato
de recordar todo lo malo que le hice. No dejo de preguntarme qué clase de
monstruo soy. La soledad se ha convertido en mi confidente y mi amante.
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