lunes, 18 de marzo de 2013

Vacio


 La mañana llega con un amanecer especialmente brillante y me despierta. Estiro el brazo para  tocarla pero no está. Abro los ojos y veo su lugar vacío y una carta sobre su almohada. La tomo con desconfianza, casi con la certeza de lo que dirá. La abro lentamente con miedo, como el de los condenados que se dirigen a su ejecución. Comienzo a leerla:

Querido
Lamento que tengas que leer las siguientes líneas pero ya no puedo más con el peso de esta desdicha, y no tengo el valor de decírtelo de frente. Por un tiempo fue maravilloso estar contigo, pero después las cosas comenzaron a cambiar. Te volviste una persona fría, abyecta y desconsiderada. Hice todo cuanto estuvo a mi alcance, aguanté hasta que no soporté, intenté comprenderte pero me fue imposible, te juro que te amé y con muchísima intensidad, pero ese amor se desgasto. Quisiera que me recordaras como yo no puedo hacerlo contigo: con amor. Me apena ser tan dura pero ya no puedo callarme. Estos últimos años he abrigado resentimientos en contra tuya, y como las semillas que germinan, creció hasta convertirse en odio…

No puedo seguir leyendo. Mi vista se nubla. Los latidos del corazón se agolpan en mi cabeza. Estoy muy aturdido y me siento mareado. Trato de controlarme para seguir leyendo, pero es inútil. La boca se me seca y percibo un sabor a hierro. Las lágrimas caen de mis ojos como lluvia sobre el papel.

Logro sobreponerme y  me pongo de pie. Solo atino en dar vueltas por la habitación. Trato de encontrarle sentido a lo que acaba de pasar. Sé que las cosas  iban mal, pero nunca pensé que tanto. Como pude ser tan ciego de sus sentimientos.  Veo de nuevo la carta y continúo leyendo:

…de verdad me duele hacer esto pero no te mereces otra cosa. Espero que el paso del tiempo y la dura soledad que enfrentaras te ayuden a volver a ser humano…

Dejo de leer. No tengo las agallas para terminarla. Arrugo la hoja, le prendo fuego, y veo como se consume su última carta. Trato de recordar todo lo malo que le hice. No dejo de preguntarme qué clase de monstruo soy. La soledad se ha convertido en mi confidente y mi amante.

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